Si usted pensaba que el hallazgo de ayer del matrimonio desaparecido —esos pobres cuyas almas fueron arrancadas de tajo— era el final del capítulo, ¡qué poco conoce el ingenio de nuestros criminales locales!
Apenas habían pasado 24 horas, el café de los peritos todavía no se enfriaba, cuando ¡zas!, aparece otro "regalito". Esta vez, el susodicho decidió viajar con estilo: encobijado y entambado.
Un paquete "premium" para una zona que ya huele más a tragedia que a incienso de iglesia.
Parece que a los señores del mal les pasaron mal el mapa o, de plano, ya agarraron a Tlaxcala como el bote de basura personal de la delincuencia. Total, como dicen que "Tlaxcala no existe", han de pensar que lo que tiran ahí cae en un agujero negro de impunidad absoluta. ¡Qué practicidad! Si el muerto "estorba" en la Angelópolis, solo hay que arrastrarlo unos metros y —mágicamente— ya es problema del vecino.
Mientras la Fiscalía de Puebla se pasea por el lugar midiendo con regla si el tambo cayó en suelo poblano o si le toca a la justicia tlaxcalteca, la realidad nos bofetea la cara: esa zona se ha convertido en un corredor de la muerte donde la única ley que impera es la de la gravedad.
Ayer fue una pareja que buscábamos con el alma en un hilo; hoy es un bulto anónimo envasado al vacío. Mañana... bueno, mañana esperemos que la única noticia sea que alguien, por pura vergüenza, decidió poner una patrulla fija en ese bendito límite.
¡Vaya vecindad la nuestra! Donde el saludo matutino ya no es "¿cómo amaneció?", sino "¿cuántos tiraron hoy?"
