En la política, los ensayos suelen servir para afinar detalles, ajustar marcas y cuidar las apariencias. Sin embargo, durante los preparativos del protocolo patrio del 15 de septiembre, el ensayo general sirvió para dejar al desnudo una realidad que en el Palacio Municipal intentan ocultar desesperadamente: la total desconexión entre el edil Pepe Chedraui y el gobernador Alejandro Armenta, así como la evidente incapacidad del alcalde para sostener la mirada y la postura frente al mandatario estatal.
El lenguaje corporal no miente. Parado en el presídium y asomado al balcón, a Pepe Chedraui se le nota desencajado, tenso y visiblemente incómodo. Su rostro no refleja la dignidad de quien gobierna la capital del estado, sino la molestia de quien sabe que ha quedado a deber. No es para menos. El propio gobernador Armenta se lo ha dejado claro de manera pública y sin rodeos: la administración de Chedraui ha entregado un trabajo pobre, mediocre y muy por debajo de las expectativas de las familias poblanas. La capital padece la falta de resultados, el abandono de sus calles y la ausencia de una ruta clara de gobierno.
Pero la incomodidad de Chedraui no nace únicamente del reclamo justificado; nace de la frustración política. Resulta tan absurdo como descarado que, mientras la ciudad se le desmorona entre las manos y el descontento social crece, el edil ya esté tejiendo la red para pretender su reelección.
Chedraui no busca el beneficio de Puebla; busca el control absoluto. Pretende perpetuarse en el cargo a costa de lo que sea, utilizando la estructura municipal como un botín personal para afianzar su grupo de poder. Pero las imágenes del ensayo no engañan: mientras Armenta proyecta la firmeza del mando, Chedraui luce como un invitado incómodo, arrinconado por sus propios errores y exhibido por su falta de oficio.
Puebla no necesita alcaldes que solo piensen en la siguiente elección mientras arrastran el cobro de sus deficientes resultados. Las muescas de molestia y los gestos desencajados en el protocolo patrio son apenas el reflejo de un proyecto que nació flojo, que no ha dado el ancho y cuya ambición desmedida choca de frente contra la realidad.
